Nel mezzo del camin, di nostra vita, mi ritrovai per una selva oscura, che la diritta via era smarrita.
Ahi quanto a dir qual era è cosa dura, esta selva selvaggia e aspra e forte, che nel pensier rinova la paura!
Tant’ è amara che poco è più morte;(Dante)
Tuve que recorrer la mitad del camino para que ya las palabras originales se me empezaran a olvidar y comenzara a usar otra cosa que muy cómodamente se podría llamar mi lengua, pero que yo tenía claro que no lo era o, al menos, no lo era con la misma naturalidad de siempre.
Siempre había fingido tartamudear para que mis órdenes sonaran a sugerencias y mis descaros a confesiones. Fingi cojear para que los demás no se percataran muy abiertamente que iba hacia adelante, mientras ellos, solo iban.
Allí donde el cielo se deshacía en la nada del horizonte y se reducía a la masa inmunda del suelo seco, hacia eso se dirigían todos. Pero yo continuaba cojeando.
Muchas veces me sucedió que me caía, soy hombre, y luego me levantaba cojeando verdaderamente, pero yo no entendía ni podía entender que mi paso truncado y cómico era mi cojeo natural y no fingido.
Otras veces, la vida me llenaba de termor y nervios y, tataretas tartamudo, no podía hablar de otra forma que no que no que no fuera así.
Mis mentiras piadosas a mí mismo tenían el límite violento de la realidad. Pero ahora qué puedo hacer, si lo que se presenta a mí es nuevo, inédito entre lo no visto, peligroso y sucio como el hocico purulento de un cerdo en ruinas.
No sé qué hay más allá y no puedo decirlo. Tampoco puedo decir que no sé nada, porque ese saber ya es mucho y yo no soy el ateniense. Sé menos que nada y conozco aún menos.
De una manera humillante y malvada, me he dado cuenta de que soy igual que todos o, lo que es lo mismo, soy menos que todos.
Tengo ganas de tomarme un café y pensar en el cataclismo de las flores.