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Cenizas de Ornitorrinco

La lectura de este blog puede poner en peligro su autoestima.

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Nombre: El Ornitorrinco
Lugar: Costa Rica

Aparentemente, con las últimas lluvias, los ornitorrincos han empezado a encallar en las costas, y no en todas las cosas, solo en las costas ricas. Este es el valiente testimonio de uno de estos nobles animales...

27 enero 2009

Otro cumpleaños frente al espejo

He aprendido a conversar frente a los acantilados para escuchar el eco y apagar la luz y encender el espejo. Eso me lo enseñaron los cumpleaños solitarios de hace cinco años, cuando mis amigos jugaban a olvidar mis cumpleaños y me llegaron a contagiar para que yo también me olvidara. Hasta el momento, he logrado contabilizar 12 cumpleaños que podrían hacerme creer que esa es mi edad, sin embargo, las partes innobles del cuerpo se me han oscurecido mucho como para pensar que sigo siendo un niño. A veces actúo como un niño, pero del actuar no paso. El ceño fruncido de los adultos se me ha marcado mucho y sé que no hay vuelta atrás.

Seguiré jugando juegos de video, usando las faldas por fuera, estremeciéndome por el cuerpo de las mujeres, tomando vino tinto, viendo películas animadas, escribiendo como un poeta maldito en pleno siglo XXI y escuchando música rock toda la vida. No sé si me pierdo de lo bueno del mundo, pero sí sé que no me importa.

Feliz cumpleaños, Ornitorrinco, donde quiera que estés.

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27 agosto 2008

¡Soy un supositorio! Octava estación: Secundus circunflexus

Nel mezzo del camin, di nostra vita, mi ritrovai per una selva oscura, che la diritta via era smarrita.

Ahi quanto a dir qual era è cosa dura, esta selva selvaggia e aspra e forte, che nel pensier rinova la paura!

Tant’ è amara che poco è più morte;

(Dante)

Tuve que recorrer la mitad del camino para que ya las palabras originales se me empezaran a olvidar y comenzara a usar otra cosa que muy cómodamente se podría llamar mi lengua, pero que yo tenía claro que no lo era o, al menos, no lo era con la misma naturalidad de siempre.

Siempre había fingido tartamudear para que mis órdenes sonaran a sugerencias y mis descaros a confesiones. Fingi cojear para que los demás no se percataran muy abiertamente que iba hacia adelante, mientras ellos, solo iban.

Allí donde el cielo se deshacía en la nada del horizonte y se reducía a la masa inmunda del suelo seco, hacia eso se dirigían todos. Pero yo continuaba cojeando.

Muchas veces me sucedió que me caía, soy hombre, y luego me levantaba cojeando verdaderamente, pero yo no entendía ni podía entender que mi paso truncado y cómico era mi cojeo natural y no fingido.

Otras veces, la vida me llenaba de termor y nervios y, tataretas tartamudo, no podía hablar de otra forma que no que no que no fuera así.

Mis mentiras piadosas a mí mismo tenían el límite violento de la realidad. Pero ahora qué puedo hacer, si lo que se presenta a mí es nuevo, inédito entre lo no visto, peligroso y sucio como el hocico purulento de un cerdo en ruinas.

No sé qué hay más allá y no puedo decirlo. Tampoco puedo decir que no sé nada, porque ese saber ya es mucho y yo no soy el ateniense. Sé menos que nada y conozco aún menos.

De una manera humillante y malvada, me he dado cuenta de que soy igual que todos o, lo que es lo mismo, soy menos que todos.

Tengo ganas de tomarme un café y pensar en el cataclismo de las flores.

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04 julio 2008

Me secuestraron las orugas

El otro día, mientras esperaba mi turno en el consultorio del urólogo, estuve leyendo una revista para señoras vieja, aquella que hizo mucha bulla porque en la portada salía una foto de Elvis Presley tomada, supuestamente, años después de la muerte legal del legendario cantante... De inmediato la cerré y no para ver la portada...


***

Ya en serio, amigos, quiero pedir disculpas a todos por no haber vuelto a escribir ni costra para el blog y sé que, por lo menos a dos de ustedes, les gustaba mucho leerlo... No prometo que vaya a escribir nada, pero sí que voy a terminar la historieta del Supositorio, porrque de lo contrario voy a quedar como un gran irresponsable.

Cada vez tengo más público y menos lectores, como El Corán. Voy a tratar de cambiar eso.

27 abril 2008

¡Soy un supositorio! Sétima estación: Secundus colon ascendentis


Subir, subir, subir, arriba está el cielo de la mierda, donde la lluvia es un temporal de lluvia marrón y espesa. Subir, subir, subir, la vida está en otra parte y todo lo que pensaba que era vida no es más que otra cosa. Subir, subir, subir, y perderme para siempre de lo diario y lo cotidiano y lo vulgar. Subir, subir, subir, pronto llegaré a la nada del cielo, donde la gente habla en latín.

¿Por qué esta lluvia no me deja subir en paz y descansar tranquilo? ¿Por qué hago tantas preguntas si yo sé que no me las van a responder? Serán mis preguntas sin respuesta un síntoma de que soy un escritor inédito. Los críticos gramaticales y freudianos no pueden responderle al novato y solo le dicen que hace preguntas porque es joven, pero al final, no responden nada.

Por qué subir significa ascender por una tormenta de mierda donde ya ni siquiera me distingo como alguien sino como algo. Talvez sea cierto que la vida está en otra parte, pero no parece que esté arriba.

Oh, tierra firme, con vos o en vos disfruté tanto, con vos o en vos pasé tantos bellos momentos. Adiós para siempre, por ahora.

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06 abril 2008

¡Soy un supositorio! Sexta estación: Primus colon ascendentis

Subir, subir, subir, arriba está el cielo de la mierda, donde la lluvia es un temporal de lluvia marrón y espesa.

Subir y llegar a las alturas del mundo.

Después de la curva no habrá más que un ascenso monumental como un precipicio invertido, pero al final la ilusión va a seguir, porque quién o qué podría decirme si al final realmente subiré o si más bien bajaré. Es hermoso y siempre lo será imaginar que lo que haré será subir.

Y tal vez si lo haré, porque me empezará a resultar más difícil avanzar, en una señal inequívoca de que podré estar haciendo cualquier cosa, casi cualquier cosa, excepto bajar.

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09 marzo 2008

¡Soy un supositorio! Quinta estación: Primus circunflexus


Yo era el que antes pensaba que el camino derecho solo existía en la ignorancia o en la miopía del que no puede ver más lejos. Pero en aquel tránsito la realidad se había vuelto patas arriba y quería creer que camino recto era el único camino y que los ángulos solo existían en las apariencias de las paredes cada vez más cavernosas y rugosas que me salían al paso. Pero en el fondo de toda aquella argumentación insulsa, me quería decir a mí mismo que en realidad había muchos ángulos minúsculos reales que me podrían engañar a cada momento, en especial si me olvidaba de que la Gran Oscuridad era la única guía confiable en el trayecto.

—¿Por qué la vida para ser derecha tenía que ser siempre una recta? —me preguntaba. Y con el mismo candor con que me preguntaba aquello, me quedaba callado, como si quisiera escuchar algo en medio del silencio recóndito.

Gracias a la plena vulgaridad en que el latín se había convertido, directus había dado el cultismo de “directo” y el populismo de “derecho”. El lenguaje que lo llena todo no me permitía la excusa de confundir una cosa con otra, pero la existencia de virajes ciegos y bifurcantes en el lenguaje no tenía nada que ver con la pérdida de rumbo y, aún si desestimara el criterio etimológico como forma de acercamiento a la verdad, el camino derecho quedaba a la derecha de la vía, que era el único camino disponible al paso.

—¿Solo había un camino posible a seguir y todo lo demás era apariencia?

Sin darme tiempo para responder mis propias preguntas, encontré el primer ángulo ciego del viaje. No tenía idea de lo que estaba por venir y llegué convencerme de mejor no pensar en lo que podría encontrarme en aquel viaje. Después de todo, el futuro auténtico nunca es tan terrible como el futuro trágico que podemos imaginar cuando la auto tortura nos seduce.

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¡Soy un supositorio! Cuarta estación: Secundus colon transversus

Una tarde de verano en la casa y sentado junto a mi equipo de sonido, pero sin conectar el cable al tomacorriente.

Un helado de fresa y ver cómo, cucharada a cucharada, el helado se me va acabando y acabando y, además, no sabía tan bien como parecía en la heladería.

Una caries en mi muela cordal que no deja de crecer, pero qué pereza acordarme cuando ya estoy acostado que no me lavé los dientes ese día.

La película más esperada del año, con Charlton Heston, y dos horas después ya terminó la película y ya me olvidé que la había estado esperando.

Un libro de pasta dura que siempre quise leer y al fin lo compré y no lo he leído todavía y ya se está poniendo amarillo.

Unas vacaciones regaladas en la Isla de San Andrés y el tipo que está en la habitación de al lado del hotel tiene más dinero que yo.

Un laberinto hecho de una línea recta y saber que la salida está en el extremo de la línea y, sin embargo, no encontrarla.

Me invitan a la boda de mi mejor amigo, y al llegar a la casa me sueño en una mujer hecha de piezas.

A veces quisiera desaparecer y convertirme en esto que voy recorriendo y ser parte del paraje para siempre, o al menos durante unos minutos.

¿Nunca voy a salir de esta línea recta?

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02 marzo 2008

¡Soy un supositorio! Tercera estación: Primus colon transversus



El camino recto de la soledad. Las paredes semiclaras que no me tentaban a mirarlas. La línea recta del camino estrecho que lleva a la felicidad. No había nada más que ver en el mundo salvo ese círculo más oscuro que el resto que se entreveía a la distancia y, al mismo tiempo, me indicaba el camino a seguir.

¿Es que la vida para mí tenía que ser así de absurda? Que no fuera predecible lo incierto era normal y aceptable, pero que la monotonía no lo fuera tampoco era algo que se escapaba a los dominios de mi mediana inteligencia. Incompleta inteligencia, que me permitía saber el verdadero origen griego o latino de las palabras pero que no me dejaba comprar todo el vino necesario para saciar mis propios intestinos que otros monstruos habían de estar transitando entonces quizás con más asco que el que me daban las entrañas ornitorrincas a mí.

Sentía como si hubiera estado transitando por aquella línea recta eterna por varios días y pensaba con ironía que si hubiera retenido mi tamaño natural, con uno solo de mis dedos habría podido llegar hasta aquí en cosa de dos o tres segundos. No habría tenido ningún límite físico para hacerlo, pero habría tenido uno mucho más contundente y difícil de franquear: el horrible límite moral, que me habría dictado qué era bueno o malo de hacer. Como si el mundo solo se dividiera en dos tipos de acciones posibles, lo malo y lo bueno, como si solo hubiera dos tipos de personas, las malas y las buenas, que solo existen en algunas películas de acción y en todas las mal escritas.

¿Pero pensar en cine en aquel transcurso no era un absurdo? Quizás sí, como lo habría sido pensar en cualquier otra cosa que no fuera yo. No pediría perdón por hablar de cosas así, porque habría sido una redundancia. Me habría convenido más callar del todo, pero incluso cuando mi boca estaba llena de aquella cosa que había sido la comida de otros, yo tenía que hablar.

No voy a pedir perdón por hablar ni escribir, más bien, no voy a dar las gracias por dejarme hablar ni escribir, que no es lo mismo.

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